Seguir
apostando por un modelo energético basado en la emisión de
carbono, cuya relación directa con el cambio climático y la crisis
ecológica está ampliamente demostrada significa, además seguir
socavando los derechos humanos de numerosas poblaciones. El petróleo
y el gas, junto con la energía nuclear son fuentes que
constituyen la base energética de un modelo industrial y una forma
de vida que ya no es sostenible por el planeta y que compromete de
manera urgente los derechos humanos. La gran industria de los
combustibles fósiles sostiene grandes intereses y no tiene freno.
Por ello, la agenda política energética sigue dominada por el
petróleo, el gas y el carbón, y adicionalmente la nuclear, mientras
que las energías renovables siguen representando solamente un
complemento en la producción energética mundial1.